Fe en el toque humano

La imposición de manos para efectuar sanaciones ha sido aceptada por muchos como un arma curativa desde los más remotos tiempos de la humanidad.

Fe en el toque humano

No hace mucho tiempo, en Estados Unidos, un niño conocido como Benjamín nacía virtualmente sin cerebro; no tenía más que corteza cerebral, el área situada en la base del cerebro que controla las funciones del corazón, los pulmones y los músculos, y que normalmente conecta la médula espinal a los centros cerebrales superiores. Durante su breve existencia, Benjamín vivió casi sin sentidos: no podía ver, oír, oler, gustar o pensar. Pero cuando era incorporado y sostenido, parecía sentir rudimentariamente el tacto de quien lo sostenía. Benjamín nació privado de cerebro, pero tenía su piel, y la piel tiene células nerviosas que están conectadas directamente a la médula espinal. El sentido del tacto de Benjamín le rescató de su total aislamiento, de estar completamente solo en el universo. Al fin pudo sentir los brazos que le sostenían y las manos que le acariciaban.

La piel es el mayor órgano de todo el cuerpo humano.De todos los órganos del cuerpo humano, la piel es, con mucho, el mayor y uno de los más importantes. El tipo de adulto estándar está cubierto por 1,8 m² de piel aproximadamente, cuyo peso es de unos 4,2 kilos. Esparcidos a lo largo y ancho de esta superficie, hay, por lo menos, cinco millones de diminutas terminaciones nerviosas sumamente sensibles, o receptores del tacto extraordinariamente sensitivos. Estas alcanzan cada milímetro del “envoltorio” humano, desde los tenues párpados y las sólidas plantas de los pies, a la lengua exploradora de sabores, la nariz, los oídos, el cuero cabelludo y las zonas erógenas que estimulan la reproducción y que son cruciales para la supervivencia de la especie. La simple punta de un dedo puede tener mil sensores perfectamente ajustados, y una mano más de diez mil. De una forma u otra, los receptores de la piel están relacionados con el tacto y las sensaciones del gusto: blando, duro, dulce, amargo, rugoso, liso, ligero, pesado, frío, caliente. También registran el contenido emocional: el breve y frío encuentro con la desesperación; el impacto fuerte y doloroso del enfado; el frágil apretón de la ansiedad y el miedo; y el toque apacible del amor y la simpatía.

A lo largo de nuestra piel hay millones de diminutas terminaciones nerviosas sumamente sensibles.Pero algunos piensan que el sensor de la piel posee cualidades aún más extraordinarias. Se cree que dichos órganos receptores transmiten desde el exterior del cuerpo un auténtico poder terapéutico que ayuda a aliviar las dolencias internas. Este poder es facilitado por otra persona: el toque curativo es algo más que una simple frase o un comportamiento agradable.

Las caricias de una madre pueden hacer maravillas para aliviar el dolor o la fiebre del niño enfermo.Tender las manos para contrarrestar el dolor con el tacto es, por supuesto, un acto humano universal. Las caricias de una madre y su beso confortador pueden hacer maravillas para aliviar el dolor de una magulladura o la fiebre del niño enfermo. Un brazo amistoso alrededor del hombro del compañero aquejado de un intenso dolor de cabeza puede proporcionarle alivio. Pero el efecto terapéutico del tacto va más allá de tales gestos consoladores.

Hay sanadores que parecen influir sobre complejas situaciones médicas.La imposición de manos para efectuar sanaciones ha sido aceptada por muchos como un arma curativa desde los más remotos tiempos de la humanidad. Las historias y las leyendas, así como las noticias que nos llegan hoy día, abundan en relatos acerca de sanadores que parecen poseer poderes sobrenaturales en las manos, los cuales pueden influir favorablemente sobre síntomas graves y complejas situaciones médicas. Las manos del sanador, se ha dicho siempre, pueden ahuyentar la enfermedad, rejuvenecer cuerpos envejecidos o sumidos en la invalidez, y devolver a los enfermos sus vidas llenas de salud y felicidad. La lista de enfermedades que pueden ser o han sido curadas con uno o dos toques curativos no deja de ser asombrosa, si se acredita su veracidad: desde la artritis al asma, cáncer, cataratas, parálisis cerebral, epilepsia, cálculo biliar, dolencias cardíacas, parálisis, tuberculosis, vértigo y dolor de muelas. A veces el contacto físico no es aparentemente necesario: algunos sanadores, creyendo que la fe del paciente en sus poderes parece ser por sí misma suficiente para acabar con la enfermedad, realizan sus prácticas a distancia, prescindiendo por completo del toque curativo.

A través de los tiempos, diferentes culturas han podido conocer a aquellos que ejecutan este toque curativo, al parecer milagroso, denominándoles de muy diversa manera: chamanes, hechiceros, curanderos, hipnotizadores, sanadores a través de la fe, magnetizadores, sanadores espirituales y sanadores psíquicos. Muchos de tales practicantes han estado muy vinculados a la religión. En el mundo occidental, en la actualidad, muchos de estos sanadores -si bien no todos- son evangelistas.

No obstante, hoy, como en el pasado, los sanadores encuentran dificultades cuando tratan de explicar con éxito sus poderes. Normalmente hablan de Dios, fuerzas universales de la vida, alto sentido de la percepción, equilibrio magnético, auras y campos de energía. Pero cómo funciona todo ello, si es que funciona, sigue siendo un gran misterio.

El "cómo me llamo" marca nuestra vida. El nombre es nuestra tarjeta de presentación, aquello que para bien o para mal nos distingue de la masa. Nos singulariza aunque, a veces, en demasía. Lo que para unos es motivo de orgullo, parte esencial de su ser, incluso un fragmento de su propia alma, para otros es una pesada carga difícil de llevar y dura de soportar.

¿Por qué somos como somos? La personalidad se compone de tres estados básicos: padre, adulto y niño, que hacen actuar al individuo de una u otra manera, según sea el momento en que se encuentra. Cada una de ellas es una diferente manifestación del yo. Y de las tres formas puede reaccionar una persona ante una situación concreta.

Reglas de oro para ser feliz en pareja. Tener desavenencias no significa que no haya cariño, sino simplemente que hay distintas maneras de ver una misma realidad. Nunca hay que perder el respeto a la libertad del otro. Muchas parejas han fracasado porque uno de sus miembros, el hombre o la mujer, está convencido de que el amor puede cambiar a la otra persona.




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