Hipnosis

La técnica de la hipnosis se conoce y practica desde hace miles de años (se ejerció en Egipto y Grecia durante la Antigüedad, por ejemplo), pero hoy día seguimos sin entender el fenómeno.

Hipnosis

Todavía es posible, o mejor dicho, es bastante fácil encontrar en las obras de referencia la alusión al siglo XVIII y a Franz Anton Mesmer como primer exponente del hipnotismo. En realidad no fue nada de eso; Mesmer, que creía estar sirviéndose de una fuerza misteriosa llamada por él “magnetismo animal”, inducía en sus pacientes violentas convulsiones, muy distintas del estado de trance pasivo que hoy entendemos como hipnosis. Esta tiende más al dominio del sujeto, en cambio, el mesmerismo, se encaminaba más al cuidado del paciente.

Franz Anton Mesmer, médico alemán, 1734-1815.La teoría del magnetismo animal explicaba que cada persona tiene una energía (un fluido magnético que circula por todo ser viviente) responsable de la vitalidad y que puede ser modificada y que por lo tanto, por medio de esta energía, era posible curar. La práctica de sanación se hacía a través de la aplicación de determinados metales, imanes, por pases con las manos y con cualquier objeto que podía ser cargado de ese fluido curativo universal, el cual decía se mueve con la más extrema celeridad, se refleja y se refracta como la luz, y directa o indirectamente se puede transmitir y curar la enfermedad. Esta teoría con el tiempo derivó en lo que fue el hipnotismo ya que si Mesmer nunca practicó la hipnosis, el fenómeno parece haber sido descubierto, o mejor, redescubierto por uno de sus seguidores, el marqués de Puységur.

Marqués de Puységur (1751-1825). Siempre se definió a sí mismo como discípulo de Mesmer sin atribuirse la invención del procedimiento conocido como inducción hipnótica.Estaba el marqués tratando de “magnetizar” a uno de sus campesinos mediante las técnicas de Mesmer, cuando el hombre cayó en lo que parecía un profundo sueño; tal estado no se asemejaba a la conocida crisis del mesmerismo, pero Puységur no tardó en descubrir que tenía otras ventajas, en particular el hecho de que el paciente quedaba hipersusceptible a la sugestión.

James Braid, neurocirujano escocés, 1795-1860. Logró importantes avances en el campo de la hipnosis.Fue James Braid, un médico del siglo XIX que experimentaba con estas artes, quien acuñó el nombre de hipnotismo al notar la similitud del estado de trance con el sueño (hypnos en griego), nombre que ha quedado pese a haberse descubierto ulteriormente que el trance hipnótico no tiene nada que ver con el de sueño. Los sujetos suelen permanecer conscientes, aunque se produzca a menudo la amnesia poshipnótica, que les induce a creer que han estado sin sentido.

No obstante, y en verdad, la técnica de la hipnosis se conoce y practica desde hace miles de años. Se ejerció con distintos fines médicos en Egipto -la llamaban la cura del sueño- y Grecia durante la Antigüedad, y en la India desde tiempos más remotos todavía. Antiguos pueblos como los mayas o los aztecas también utilizaron la hipnosis como medio de curación. Los sacerdotes o los brujos provocaban un estado llamado “sueño mágico” a través de la imposición de las manos o rituales caracterizados por cantos y bailes con un ritmo monótono. Platón ya propuso la sugestión como medio de obtener el orden y la armonía de que carece el enfermo, y Aristóteles desarrolla la Retórica, como persuasión verbal y la Poética como forma de tratamiento psicológico y que incluye unas buenas dosis de catarsis. El reconocer el poder de la palabra como agente susceptible de producir cambios en el organismo es aceptar el elemento esencial que subyace a los fenómenos hipnóticos. Sin embargo, y a pesar de todo, seguimos hoy día sin entender verdaderamente el fenómeno.

Existe para este otro nombre más antiguo y más descriptivo, mekhenesis, que significa “quitar la responsabilidad” y apunta a una de las características más significativas del estado de trance. Cuando alguien se halla en estado de hipnosis, queda privado de la responsabilidad de sus actos y esta se encuentra en manos del hipnotizador. Es una situación inquietante que ha dado lugar a su propia mitología. A nadie le gusta imaginar que su libre voluntad es tan frágil que otro pueda romperla totalmente. A menudo se dice que un sujeto hipnotizado no hará nada que sea contrario a sus propias convicciones morales. Esta afirmación se basa en una muy reiterada anécdota sobre Charcot, uno de los padres fundadores de la psicología moderna.

Jean-Martin Charcot, neurólogo francés, 1825-1893.Se cuenta que Charcot estaba realizando una demostración de hipnosis ante un grupo de estudiantes; la paciente era una joven muy hermosa y había entrado ya en trance cuando llamaron a Charcot para un asunto urgente. El maestro dejó la demostración a cargo de un ayudante y salió del aula; el ayudante, sin pérdida de tiempo, ordenó a la hipnotizada que se quitase todas sus ropas. Entonces ella abrió los ojos, abandonando el trance, y le propinó una bofetada al ofensor.

Hans Jürgen Eysenck, psicólogo especializado en el estudio de la personalidad, 1916-1997.El profesor H. J. Eysenck observa en Sense and Nonsense in Psychology (1956) que “se hallan muchas observaciones de este género en la bibliografía experimental, y puede afirmarse con un grado razonable de seguridad que, en muchos casos, la sugestión explícita de hacer algo inmoral o incorrecto no será obedecida por el sujeto”. Sin embargo, las investigaciones han demostrado que con un poco de imaginación, alguien en estado de hipnosis profunda hará todo lo que se le mande, con tal de que la sugestión no sea explícita. Mientras el individuo permanezca en trance obedecerá todas las órdenes, siempre y cuando estas se envuelvan en términos adecuados.

Esto se manifestó con claridad en un experimento realizado sobre un voluntario del ejército, de 20 años de edad y provisto de una excelente hoja de servicios. Se le hipnotizó en presencia de varios mandos; uno de ellos, que era teniente coronel, se colocó delante de él, a unos tres metros de distancia. Luego le sugirieron que cuando abriese los ojos vería a un “asqueroso soldado nipón” armado con una bayoneta, y que él, el voluntario, tendría que “estrangularlo con sus propias manos” a falta de otra arma. Al cabo de un momento, el soldado abrió los ojos y empezó a incorporarse poco a poco, para luego abalanzarse contra el teniente coronel; ambos cayeron al suelo. El voluntario agarró por el cuello al oficial, lo levantó y se dispuso a estrangularlo contra una pared. Hicieron falta tres hombres para quitárselo de las manos.

Otro experimento aún más inquietante fue el realizado hacia los años cincuenta del pasado siglo XX con unos sujetos que, después de presenciar una demostración de la capacidad destructora del ácido nítrico (disolviendo una moneda en un recipiente con dicho ácido), fueron hipnotizados y recibieron la sugestión de arrojar ácido a la cara de un ayudante. Por razones obvias, el ácido fue reemplazado, después de distraer a los sujetos, por una mezcla de agua con azul de metileno y peróxido de bario, que daba la impresión de un líquido hirviente indistinguible del ácido verdadero. La orden directa de arrojar el ácido tropezó con la misma especie de oposición que revelaba el experimento del ayudante de Charcot. Pero los experimentadores no tardaron en descubrir que era posible convencer a los sujetos para que arrojasen el ácido; por ejemplo, a una mujer le dijeron durante el trance que el asistente era un asesino que venía decidido a matar a su hijo. Entonces ella no titubeó en arrojarle el falso ácido.

Las reacciones individuales ante la hipnosis varían en grado sumo. Para medir esas variaciones se ideó la llamada escala de Eysenck-Fourneaux, que se basa en la frecuencia con que una sugestión determinada es aceptada por un grupo numeroso de sujetos a hipnosis. La escala va desde las sugerencias fundamentales más sencillas, como la de cerrar los ojos fatigados o relajarse por completo, y que son admitidas en un 76 por ciento de los casos, hasta la creación de ilusiones por sugerencia, como hacer creer que se ha encendido una bombilla: algo que sólo se consigue en un doce por ciento de los casos. Un quince por ciento de la población no es susceptible mientras que un veinte por ciento es capaz de llegar al trance profundo. No obstante, no hay nada mecánico en la hipnosis. Surge de una interacción entre dos seres humanos y, como tal sólo es susceptible de análisis estadístico en la misma medida, por ejemplo, que el talento musical. Un individuo que no puede ser hipnotizado por un hipnotizador puede caer en trance profundo con otro. O con el mismo en un momento diferente. Es una experiencia subjetiva difícil de describir, como ocurre con la consciencia o el dolor. En general en estado de hipnosis se experimenta una modificación de la atención, las percepciones sensoriales y el tiempo. Además el umbral de percepción del dolor se eleva, de ahí los efectos analgésicos que se le atribuyen.

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